Los que estuvimos en
Sala Copérnico el pasado día
18 de mayo podemos asegurar que el concierto de
Laibach fue
todo un acontecimiento. El anuncio de una fecha en
Madrid, que no estaba prevista en un principio, fue una sorpresa para la audiencia madrileña y un regalo para los que vivimos en provincias y no podemos trasladarnos a otras ciudades más lejanas para ver conciertos. Así que, más por el boca a boca que por la propia publicidad, el hecho es que hubo un
lleno total.
Hay gente que opina que la
Sala Copérnico no era la más adecuada para este espectáculo. Mi humilde opinión es que, teniendo en cuenta el panorama de salas de conciertos en Madrid (que sean de medio aforo, con buenas instalaciones y dispuestas a acoger este tipo de música), la
Copérnico me parece una opción
más que aceptable. Si bien
Laibach se habrían lucido más en un escenario algo más grande, la proximidad con el público resultó emocionante y muy agradecida.

Permitidme hacer ahora un poco de
crónica social también, y es que fue curioso comprobar la capacidad de convocatoria del grupo esloveno. Allí se congregó todo el mundo: gente muy implicada en la
escena oscura madrileña y nacional, dueños de conocidas tiendas especializadas, los mismísimos
Aviador Dro al completo y hasta el televisivo
Mario Gil, que no dudó en lucir su
flamante camiseta de
Laibach al día siguiente en
Tele5.
En los momentos previos al concierto, un atmosférico ritmo de tambores caldeaba el ambiente como un latido lejano. Pasadas las 10 de la noche, el
himno de Eurovisión anunció el comienzo (me pregunto con qué música iniciarán los conciertos de E.E.U.U.). La formación: batería, guitarra, bajo y teclados/programación; tras ellos salió el cantante con su ya
famoso tocado de patrulla del desierto, provocando el gozo y acongojo del personal con su rotunda, cálida y sin embargo, escalofriante voz.
Hay que recordar que los componentes de Laibach son miembros anónimos subordinados al proyecto del
Nuevo Arte Esloveno (NSK), con estrategias de corte
comunista y estética de
totalitarismo ambiguo. Sin embargo, sobre el escenario pudimos ver a unos excelentes músicos, y aunque gran parte de los sonidos estaban pregrabados, también nos deleitaron con dos cortes instrumentales de transición totalmente en vivo: el segundo especialmente intenso hasta rozar el
noise y poner la carne de gallina.
Entre los temas que sonaron, la práctica totalidad del penúltimo álbum
WAT junto a otros temas anteriores como
“God is God”. Y pese a confirmarse su giro hacia la
electrónica, en directo se permitieron arreglos de guitarras muy bien encajados, y el sonido en general fue
impecable. Mención especial merece la puesta en escena: el juego de luces
espectacular; tras el grupo una pantalla en la que se proyectaban imágenes para la reflexión, desde maquinarias y desfiles hasta metáforas cósmicas del hombre y la libertad. Por supuesto, las dos preciosas
tamborileras walkíricas (¿o cómo las definiríais?), con trencitas rubias y
fez tunecino, colocadas simétricamente a ambos lados del cantante, cumpliendo con disciplina su cometido, que consistía básicamente en disimular que los coros
estaban grabados. Y cómo no mencionar a ese pedazo de cantante, que enseguida desnudó su torso para mostrarse como el perfecto paradigma del hombre-miembro-del-sistema,
camarada hierático y eficaz.
Tras una hora de concierto llegó un pequeño descanso, al que siguió un bis
fantástico, en el que
Laibach sólo interpretó versiones. Al contrario que para otros grupos, hacer versiones no es un mero divertimento para
Laibach. Las canciones son cuidadosamente escogidas por sus mensajes, hasta tal punto que las absorben y consiguen hacerlas propias. Así nos deleitaron con
“Mama Leone”, transformada en una agridulce
nana proletaria,
“Simpathy for the Devil” de los
Rollin’ Stones,
“One Vision” de
Queen y la más aplaudida por el público,
“Life is Life”. Por mi parte eché de menos
“Jesuschrist Superstar”, pero es que yo soy muy peliculera…
Los últimos compases fueron para un bailable remix que sirvió de fondo para una
despedida somera, en la que los miembros de
Laibach abandonaron ordenadamente por turnos el escenario, sin concesiones simpáticas.
Y no volvieron a salir más, que ellos son muy marciales y no se ablandan con peticiones de civiles. Pero a nadie le importó demasiado, porque esa es la filosofía de
Laibach. Sus fans lo saben y todo el mundo quedó más que satisfecho.